First Sparks

Todo lo que hacemos en la vida esconde un origen, una pregunta, un propósito, un sentido, una explicación, un destino y una razón de ser. La razón de proyectar y trasladar nuestro ser en una dirección a través de la acción de salir de nosotros mismos, de abandonar nuestras sombras y nuestros temores acercandonos, en este caso, a la luz de la escritura. Las razones de nuestras acciones pueden ser en ocasiones desconocidas u ocultas aun para nosotros mismos, a veces nacidas de fuentes que emanan del subconsciente, en otras surgiendo de un propósito deliberado y consciente por actuar o simplemente por la inercia de vernos arrastrados por algún acontecimiento de la vida, porque posiblemente ese acontecimiento más que arrastrarnos nos ha arrollado y tenemos la necesidad de ubicar el espacio donde poder erguirnos de nuevo. Escribir algo, lo que sea, por tonto que parezca, aquí o en una hoja de papel, puede muchas veces surgir de la curiosidad natural de querer entender o explicar lo que nos rodea. Esa curiosidad que dispara chispas por doquier prendiendo el fuego de la necesidad de decir, de escribir, de entender y de contar lo que vemos, lo que en ocasiones no entendemos o en otras buscamos para saber qué hay de verdad que nos puede ser útil para entender un poco mejor el mundo en el que vivimos y del que disfrutamos.

20141227_101608Mi padre y yo nos escribíamos cuando yo estaba en el colegio interno en Campillos, hablábamos de música, del colegio y los estudios, de las cosas que ocurrían en casa y de cómo estaban mis hermanos y mis amigos pasando el verano en la piscina y la montaña. Mi padre y mi madre leían juntos las cartas, otras veces era mi madre la que me escribía también, a veces algunos de mis hermanos o hermanas y otras veces mis abuelos. En Cádiz nos escribíamos, después en Newcastle, luego abordo de los barcos y por los mares por los que navegue y en las ciudades en las que he trabajado y vivido, y así siempre algo retumba, se abre una rendija, entra la luz y escribo. Incluso a veces he tenido alguna novia a la que escribirle y contarle historias fantásticas de amor pirata al estilo de John Silver el Largo o como el almirante inglés Nelson en sus cartas de amor a Lady Hamilton, o como Ahab; sofisticado y frio capitán de ballenero cuáquero con pata de hueso de ballena.

Después de un tiempo me he dado cuenta de que he escrito algo y que durante tiempo he contado muchas historias, batallitas, ficciones, reflexiones, anécdotas, visiones irreales, apariciones en lugares y situaciones fabulosas vistas a través de mis ojos o los de otras personas, aventuras vividas en mis zapatillas o usando los zapatos gastados de otros, viajes en la historia arropado con un abrigo caliente de fantasía, guerra o desazón y así poco a poco he descubierto que siempre hay una razón y un ímpetu irresistible por contar esas cosas, un destello, un zambombazo de curiosidad exploratoria que produce el efecto de salir de uno mismo y decir..………ese destello es la curiosidad por averiguar cómo se articula el mundo, saber cómo es y por qué es, como funciona, por qué vivimos de esta manera, por qué sufrimos tanto, o tan poco, por qué hay quien quiere morir y dejarnos queriéndolo cuando otros no quieren vivir pero van a trabajar cada mañana, por qué buscamos algo siempre en un lugar más allá de nuestra casa, de nuestra imaginación o del horizonte que nuestra vista puede alcanzar……….porque a pesar del modo como lo vivamos, este mundo es fenomenal, fabuloso, cargado de acontecimientos, visiones y experiencias que podemos explorar, y que la posibilidad de entenderlo más aún está en nuestras manos desde el primer momento en el que nacemos. Poder conocerlo y explorarlo a través de la curiosidad esta en nosotros, delante de nuestros ojos. Pero en ese esfuerzo exploratorio, en ese viaje, siempre alcanzamos una frontera, un lugar fronterizo que creemos último y que debemos reconocer para poder continuar el viaje un poco más allá; es el final de un borde que una vez más vuelve a ser un principio y que su ubicación y entendimiento no tiene fin cuando la curiosidad lo empuja de nuevo hacia el desconocimiento ubicando el siguiente limite fronterizo al que mas tarde llegaremos en nuestro afán de búsqueda. Muchas veces no es necesario viajar a ciudades lejanas, países exóticos, playas brillantes, ni a bosques paradisiacos; esas fronteras están en uno mismo, en los límites del escalofriante temor a lo desconocido, a la oscuridad de una carbonera donde todo es oscuro y extraño, a la soledad de un bosque lleno de incertidumbres, al vértigo de una cumbre en el límite de las alturas donde casi no podemos respirar y pensar con dificultad, a los pensamientos que obstinademente nos hacen fragiles al no saber hacia dónde nos dirigen.

Houston before the storm

Las sombras del desconocimiento y el temor a lo incierto suponen una frontera vital impregnada y grabada en nuestras vidas, existe en nosotros, las podemos palpar con las yemas de los dedos, caminar de puntillas sin despeñarnos hacia el vacío, podemos mirarlas con la luz de nuestros ojos que las iluminan con la curiosidad por estar vivos…….

Mi primer recuerdo es el de una calle de pequeños adoquines de granito entre los que crecían pequeños ramilletes de hiervas y donde al final, dependiendo de en cuál de los dos extremos mirábamos buscando el final, podía verse un bosque inmenso de pino y abetos que iba creciendo en altura y adentrándose en la distancia culminando en un pico cercano, el pico Majalasna. Mi abuelo César siempre decía que era el séptimo de los siete porque era el orden en el que se caminan desde el Puerto de Navacerrada, aunque si los cuentas es por supuesto el primero, el del oeste a la izquierda. La calle era amplia y a los lados estaba rodeada de jardines con setos delante de casas blancas con grandes terrazas de barandillas finas rojas desde las que en invierno saltábamos al vacío cayendo en la nieve. El otro extremo de la calle, antes de bajar la cuesta a la izquierda, aparentemente no llevaba a ningún lugar. Durante breve tiempo eso creímos. Después mis hermanos y hermanas y otros niños conocimos un truco infantil para poder trepar por la leñera, rebasar una montaña de carbón asturiano, saltar la tapia y alcanzar los bosques y los prados donde encontrábamos nuestros tesoros custodiados por ejércitos de vacas. Entonces creíamos que esa calle tenía dos finales porque a esa edad la mirada tiene los mismos límites que el temor. Al poco tiempo pudimos comprobar durante muchas ocasiones que esto no es así, ese final de la calle era el principio, era nuestra primera frontera, el principio de las aventuras de nuestra vida que hoy día no sabemos dónde terminaran…..

la foto 1Después de descubrir la calle en la bicicletas y correteando los jardines del sanatorio a casa, los abuelos y nuestros padres nos llevaron por esos bosques hasta el pico y desde allí mirando hacia el Norte pudimos descubrir mares de árboles estirados y rectos y más allá una ciudad medieval por la que cruza el Rio Eresma que derrama sus aguas frías del deshielo de las nieves de Peñalara, los Siete Picos y El Montón de Trigo regando la meseta castellana. Después en el colegio Vía Romana me entere que la gente que vivía en esas mesetas castellanas tenían fronteras más lejanas que yo y que habían llegado a América, pero que había sido mucho antes de que mi madre hubiese nacido en Tarifa. El profesor del colegio Don Secudino me conto que las aguas del Eresma se juntaban con las del Rio Moros y con las del Duero y que juntas alcanzaban el Océano Atlántico, y creí entender como esos Castellanos consiguieron llegar a América en la Santa Maria capitaneada por Colon o saltar al Pacifico en la Victoria de Magallanes y J.S Elcano hacia otros mares lejanos, al otro lado de otras fronteras. Después, desde lo alto del pico miramos al sur, y desde la altura se veía el Colegio Vía Romana y en el horizonte había una ciudad muy grande y mucho más al Sur estaba el pueblo de mi padre, Algeciras y el de mi madre también y al otro lado del estrecho, estaba África!! Estaba asombrado por estas cosas que ocurren en la vida, las fronteras de mi propia sombra se iluminaban e iban creciendo proporcionándome la visión de mundos nuevos y lejanos.

Ivan y laura en la pinareja

En un pueblo cercano al mío, donde pasado un tiempo fui al instituto, hay una modesta librería en la esquina de una plaza. Hoy creo que la librería sigue allí porque hace no muchos años compre un periódico con mi abuelo Paco y mi padre antes de tomar una cañita de Domingo después de misa. Bastantes años antes empecé a poder explorar el mundo de las letras y recuerdo que en esa librería mi padre me compro mi primer libro. Tenía las tapas duras y amarillas y no era muy grande, pero casi me cabía en las manos……era “20,000 leguas de viaje submarino”. Con seguridad hoy ese libro sigue apretado entre otros muchos en alguna estantería de casa. Entonces leer al Capitán Nemo fue otra puerta enterabierta la imaginación y a mundos desconocidos hasta entonces. Poco después la lectura requeriría más disciplina que imaginación y las tardes de verano, no sin protestar, me sentaba con mi madre en la terraza de casa a leer Viaje a la Alcarria de Camilo Jose Cela. Ahora recuerdo que leer Viaje a La Alcarria con nueve o diez años me producía la misma irritación que a cualquier pulpo del libro de Julio Verne le haría sentir el estar encerrado una pecera; yo solo pensaba en la piscina, la bicicleta y corretear los prados que había más allá de la tapia de mi casa. Por aquel entonces ya empezábamos a ser muchos en casa y como mis padres no disponían de todo el tiempo que unos padres necesitan para contar el cuento de Peter Pan tres o cuatro veces en una misma noche a todos antes de dormir, compraron una colección de libros de aventuras de aquellas que venían con el suplemento del Domingo y entonces aparecieron en las estanterías historias como La Isla del Tesoso,  Sandokan, La Flecha Negra o Moby Dick. Muchos años después veo un mundo de fantasmagoría, irreal y circunstancial en la singular vida de un niño; la vida realmente es de otro modo, a veces cruel y despiadada como esos crueles piratas, otras fantástica y dulce como entre las deliciosas caderas de Campanilla. Pero realmente sin esos viajes la vida no puede ser del modo que es hoy en realidad.

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Era un niño y hasta entonces no tenía más conciencia que de ciertas cosas. Ir de La Fuenfría al colegio y que los niños del colegio no me dejasen jugar al futbol porque era muy malo y entonces decidir pasar de la mamarrachada del futbol y encaramarme a la tapa de regala de una fragata Espanola a echar una meada al viento haciendo equilibrio agarrado a un flechaste para evitar irme por la borda mientras esperaba el combate sable en mano con un barco de la flota de Inglesa de Jervis en Cabo San Vicente el dia de San Valentin de 1797; los Domingos ir a la iglesia de San Sebastian, contar los angelitos del atrio y pensar en ir a emborracharme de ron a la taberna del Almirante Benbow cantando “siete hombres sobre el cofre de un muerto….y otro vaso de ron”; Una vez al año oler el levante de la playa en Tarifa, levantar a pulso de único lance un atun de Almadraba de seiscientos kilos y navegar el Pacifico Sur sentado en la jarcia de un ballenero de New Hampshire; jugar con mis hermanos en los bosques y prados cerca de casa, volar un Spitfire en verano de 1940 en el Canal de La Mancha, hacer excursiones con mis padres por la montaña y pescar bacalao en los bajos de “La Virgen” en Grand Banks; pero sobre todo conquistar el corazón de una princesa Rusa después de pelearme a puñetazos con un patrón Portugués en un bar de San Francisco y capitanear un barco de caza de focas en las Islas Pribilof……En mis mejores fantasías yo era asi. Y nunca entonces pensé que mi hermano Santiago pudiera llevarme en un lienzo a la National Gallery como realmente soy en mi imaginación infantil, cuando volvi manco de pescar bacalao en “La Virgen” con Disko Troop……

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La realidad sin embargo es que era un momento en el que la calle de adoquín de granito ya no tenía final, mi vida se había abierto a los prados de alrededor, las montañas, los ríos, los caminos en la bicicleta, subir las cuestas del Sanatorio una y otra vez, ir a las cochiqueras a sacar tornillos de una lavadora vieja para fabricar una bomba de agua para el nacimiento o quitar las válvulas de un televisor abandonado, no poder ir al colegio en invierno por las nevadas, pasar el día jugando en el frio, subir al camino de la república en bici a rodear el valle, coger moras a final del verano, dormir en el campo………vivíamos y explorábamos una montaña mágica, pero aun había un lugar desconocido muy cercano.

VIRGIN_ROCKSLa carbonera del portal estaba llena de hollín y era muy oscura. Había que levantar un portón de madera gris muy pesado que estaba en el suelo bajo las escaleras del portal de casa. Con dificultad se volteaba y al abrirse se veía una escala metálica vertical pegada a la pared con los peldaños tan separados entre sí que las piernas casi no me daban la altura para poder bajar los siete u ocho peldaños que tenía hasta poder llegar al fondo. Pero la curiosidad producía una luz más fuerte que las tinieblas del temor y me daba fuerzas para estirar la puntera de los pies y alcanzar los peldaños que llevaban al final de un lugar tenebroso, profundo y oscuro donde había leña, arañas, carbón y un calderín que hervía agua e inundaba de calor los radiadores de las casas de la tía Isabel y el tío Fernando, los Moneo y la nuestra.

Un día de Septiembre cuando las moras comienzan a florecer hubo que empujar la frontera mucho más allá, hacia el nuevo mundo al que llego el Mayflower…..asombrado subimos a un avión de la TWA de Madrid a New York, a Chicago y Rochester en Minnesota para vivir en una casa de madera azul celeste en 14th Ave SW. Pareció que el mundo se encogía y mi cabeza se estiraba y aunque no tenía ninguna conciencia de ello iba poco a poco entendiendo más y más. Ya no había Colegio Via Romana sino Folwell School donde el director del colegio era Mr. Zimmerman, un veterano de la II Guerra mundial que con 22 años había desembarcado en las playas de Anzio en 1944 para luchar contra los Nazis en la invasión de Europa por el Mediterráneo. Ahora después de tiempo pienso en que como muchos otros sería un muchacho sencillo que en vez de vivir en Cercedilla habría nacido en algún pueblo de Kansas, Oklahoma, Dakota o Utah y que la vida le llevo a la guerra en Europa mucho antes que a mí a seguir el camino inverso de Cercedilla a Rochester. Sin duda esos muchachos tenían arrestos para poder empujar las fronteras del miedo a la guerra en un lugar tan lejano de sus casas en America. En el colegio comía tacos, pizza y cantábamos el himno americano todas las mañanas con la mano en el corazón liderados por Mrs. Renner. Era todo muy diferente a Cercedilla pero afortunadamente éramos muy maleables y nos adaptábamos a todo.

Laura y yo en FolwellEntonces estábamos Laura, Teresa, Santiago y en primavera llego Patrick como si fuera un emigrante irlandés. Las fronteras se habían expandido tanto, pasamos de vivir en la montaña mágica a estar en un pueblo con grandes edificios, subterráneos que los unían, mis amigos del cole ya no eran Javi e Ivan sino Ethan y Leed, mi padre tenía un laboratorio con conejos blancos y solo había dos meses de verano y el resto nevaba. Salía por las mañanas y subía 15th ave SW hacia Folwell. En la calle hacían 25 grados, pero yo no entendía que eran Fahrenheit y que los americanos usaban los pies, millas, pulgadas y libras, aunque si me daba cuenta y buena cueta de que el frio era mucho más temible que en Cercedilla. Al final volvimos a España el día que Paquirri se murió en Pozoblanco y cuando volví a entrar en la clase del Colegio Público Vía Romana era como si hubiese viajado en una máquina del tiempo y que había aprendido tanto en otro colegio y de otras personas que era muy extraño volver al mundo anterior. Ningún niño me reconoció al entrar en clase y todo volvió atrás un poco, las fronteras se habían constreñido y más adelante habría que volver a apartarlas.

Al año siguiente como solo éramos cinco hermanos llegaron dos de un cañonazo y con Sol y Pablo pasamos a ser siete haciendo que todo fuera más divertido aun, porque había más aventuras que preparar. Ya no era suficiente explorar la superficie terrestre de las montañas de la sierra madrileña,  pasábamos el verano en Almería, en Tarifa y Algeciras buceando con mis padres, mis hermanos y mis primos. Teníamos un fusil de pesca submarina y unas veces pescamos rascacios y chocos con los que la abuela Ángeles hacia sopa y guiso de papas y otras ensartábamos en el fusil sargos y salmonetes con sus bigotes. Eran también nuevos sabores después de nuevas experiencias submarinas rodeados de algas, roquedales o fuertes olas.

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A mis hermanos y hermanas les gustan mucho los macarrones con chorizo que mi abuela Vicenta cocinaba. Yo nunca he sido muy de comer pasta, quizá era una rareza como la de no saber mover los pies con una pelota, pero el caso es que a mí lo que me gustaba era el potaje, cualquiera de ellos. Mi abuela Vicenta no era una gran cocinera, pero mis hermanos se volvían locos por ir los Domingos, cruzar las montañas hacia la meseta castellana o subir al tren, cruzando los túneles y pasar el día en Segovia comiendo macarrones con chorizo hasta que los mofletes estaban colorados de tomate. La receta ha permanecido en el recuerdo infantil y por supuesto hoy día cuando hay que hacer una comida divertida (para todos excepto para mi) ese es el menú; atracón de macarrones que ahora también disfrutan mis sobrinos. En Segovia el segundo plato era siempre filete a la plancha y para su elaboración mi abuela siempre tenía un ritual fascinante que entonces yo no entendía bien cómo funcionaba pero que me llamaba muchísimo la atención. Mi abuela se disponía delante de los fuegos y de la sartén salían llamaradas de fuego, era algo así como un fakir indu lanzando llamas de fuego por la boca. A mí me encantaba ir a la cocina en ese momento a ver las llamas, me apoyaba en el marco de la puerta y entre llamas mi abuela y yo recitábamos los versos del relato del asalto de los hermanos Quiñones al castillo en la obra de teatro de la Venganza de Don Mendo de Pedro Munoz Seca. La historia es así:

Yo me apoyaba en el marco de la puerta de la cocina expectante a ver cuándo salía la primera llamarada de la sartén con la primera ronda de filetes y decíamos;

“Los hermanos Quiñones a la misión se aprestaron y al correr de sus bridones, como cuatro exhalaciones hasta el castillo llegaron”……..un ajo se achicharraba…..y la llama casi llegaba al techo – vamos abuela!…….”¡Ah del castillo!” – otra llama!! – “¡Bajad presto ese rastrillo! Callaron y nada oyeron, sordos, sin duda, se hicieron los infantes del castillo”…..saltaban tres ajos negros y mi abuela retiraba los filetes a una bandeja, se volvía hacia la sartén……”¡Tended el puente!…¡Tendello! Pues de no hacello ¡pardiez!……echaba más aceite en la sartén y se iba calentando la cosa……”Antes del primer destello domaremos la altivez de esa torre, habéis de vello”……el calor iba aumentando en la cocina y mi abuela corría a abrir una ventana cuando la cocina se empezaba a cargar de humo…….”Entonces, los infanzones contestaron: “¡Pobres locos!”…..ya había buena temperatura, caían los filetes en la sartén, saltaba la primera llama…….”Para asaltar torreones, cuatro Quiñones son pocos. Hacen falta más Quiñones!”……otra llamarada y yo casi me refugiaba en el pasillo mientras mi abuela seguía allí aguerrida preparando filetes para todos, más ajos!….y seguíamos……”Cesad en vuestra aventura, porque aventura es aquesta que dura, porque perdura  el bodoque en mi ballesta…”……ajos carbonizados y más llamas más altas aun……”Y a una señal, dispararon los certeros ballesteros, y de tal guisa atinaron, que por el suelo rodaron corceles y caballeros”……todo se paraba de repente, el fuego se apagaba y con una montaña de filetes cargados de ajos carbonizados corríamos salón por el largo pasillo flanqueado de estanterías con cientos de libros hacia el salón donde todos esperaban. Ahora con este recuerdo creo identificar una metáfora en el relato de la obra de teatro y el jaleo que en ese momento había en la cocina. Diría que era una experiencia muy similar al momento del asedio de un castillo medieval y su defensa con tinajas de aceite hirviendo, catapultas que disparan bolas de aceite ardiendo, y flechas que saltan del cielo.

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Cuando cumplí catorce o quince años, mi abuela Vicenta me regalo dos mil pesetas y yo había oído a mi tío Ce escuchar una música que venía de Inglaterra, unos tal Dire Straits que tocaban en la guitarra una canción que se llamaba Sultans of Swing, tenía una curiosidad bárbara por saber cómo sonaba eso. Recuerdo que mi abuela Vicenta pasaba las tardes de invierno Segoviano (que es casi como el de Minnesota) sentada en un sillón de orejas cubierta de gruesas mantas bajo una lámpara leyendo libros y libros y libros; de broma decíamos la abuela cebolleta, como el comic. El caso es que para mí Inglaterra no era novedad porque un primo de mi padre había viajado desde Algeciras a Londres y otra prima suya cruzaba la Bahía en bicicleta para trabajar en el astillero de Gibraltar y traer chocolate Cadbury’s y mantequilla inglesa, ellos sí que estaban dispuestos a ir mucho más allá que yo, aunque fuera por necesidad. Pero esta vez a mí no me iban a pillar desprevenido que yo ya algo sabia; mi padre me había llenado los oídos con sonidos de Rhythm and Blues de los Animals, los Beatles, Rolling Stones, Herman Hermits, Gerry and the Pacemakers, los Merseybeats y esas bandas que hacían un sonido nacido a las orillas del Mersey en Liverpool donde en los años 30 y 40 se construían los barcos y submarinos que combatían en la Guerra Mundial en el Atlántico. Mi padre me lo enseno porque él ya los había oído a mi edad en una tele pequeñita en Algeciras a través de las señales de radio de la BBC que los ingleses mandaban al otro lado de la Bahía, que suerte!! Ya tenía los oídos abiertos a nuevos sonidos fronterizos más allá de las coplas de Conchita Marquez Piquer que escuchaba mi abuela Ángeles. Con las dos mil pesetas de mi abuela materna en el bolsillo me subí en un autobús y yo solo viaje una hora a Madrid a buscar a Mark Knopfler en una tienda de la Gran Vía que se llamaba Madrid Rock. Aunque había estado en Rochester y era más mayor estaba aterrado cuando puse los pies en la Calle Princesa. No sabía del metro y anduve calle abajo por Ventura Rodriguez y a lo alto de la Gran Vía hasta que llegue a la tienda de discos. Era alucinante porque no solo estaba Dire Straits, había otros muchos sonidos. Con el tiempo supere los temores a bajar a la gran ciudad desde las montañas con la motivación de ahorrar y poder buscar un nuevo disco o escuchar los nuevos sonidos que llegaron desde Seattle unos años más tarde en los 90’ con Nirvana, Pearl Jam, The Cult o Primal Scream. Pero si, aquel día yo me volví zumbando a casa de la impresión de pisar el asfalto madrileño y oír el estruendo de la gran ciudad. Tenía la nariz llena de hollín del tubo de escape de los coches y estaba exhausto….

Finalmente llego ese momento en el que la vida es realidad y la fantasmagoría y el mundo irreal y fantástico de las borracheras en la taberna del Almirante Benbow pasan a un segundo plano. Me imagino que eso ocurre cuando la madurez comienza a aflorar. Ya no solo podía explorar, curiosear y fantasear sino darme cuenta de que llegaba el auténtico momento de tomar ese tipo de decisiones que abren realmente las fronteras en la vida. Por aquel entonces pasaba las madrugadas del invierno y del verano en la terraza de casa mirando las estrellas. En invierno hacia muchísimo frio, el cielo era especialmente bonito, espectacular, luminoso y a la vez oscuro. En las noches de luna nueva podían verse algunas galaxias, nubes de gas como la Nebulosa del Caballo en el cinturón de Orion o todo el Horóscopo. En el horizonte del verano aparecían Sagitario y Escorpio y en el zenit Deneb con El Cisne y Vega con Lira. Pensaba como se lo pasaron John Glenn, Alan Grissom o Scott Carpenter en Coco Beach volando aviones y como ellos habían atravesado las fronteras de la atmosfera en sus capsulas Mercury y Gemini para abrir el paso a que Neil Armstrong pudiese alunizar el Eagle y poner los pies en el Mar de la Tranquilidad. Quizá en ese firmamento de luz oscura esperaba encontrar respuesta a mis preguntas adolescentes la vez que tocar la guitarra, creerme Mick Jagger y explorar nuevos sonidos y presumiendo de melena – antes tenía melena, sí.

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El camino de la vida a los 17 años no dejaba de ser bonito iluminado por las estrellas y constelaciones que los griegos habían nombrado más de dos mil años antes, pero la realidad es que falle en mis estudios y tuve una segunda oportunidad después de saborear lo que para muchos de mis amigos era el único camino y para mi afortunadamente solo era una alternativa de vida. Más tarde aprendí que trabajar con mis manos mejor que no fuera una opción. Una vez más entendí, las sombras se iluminaron y mi conocimiento de la vida se acrecentó un milímetro más comprendiendo que mi vida sería mejor si pudiese aprender una profesión que me permitiese usar la cabeza en vez de las manos. Tenía la oportunidad en mis manos y a principio del verano, después de trabajar segando pastos en la Sierra del Guadarrama, pase el verano en un colegio interno en Campillos. Qué casualidad porque cuando unas fronteras se terminan, otras se abren y nada llega al final……..de las praderas de la sierra de Madrid al secarral de la sierra de Ronda….

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Los fines de semana del verano de 1994 los pase con mis abuelos en Algeciras. Por las noches después de cenar me sentaba en la terraza con mi abuela Ángeles a ver la Bahía y comer un yogurt. Mi abuela me contaba como en la Guerra Mundial los italianos y los alemanes bombardeaban el Peñón de Gibraltar y los aviones caían al mar. De fondo se oían los barcos cargando, las actividades del puerto, las grúas moviendo contenedores, las gaviotas, las olas golpeando el espigón de la Isla Verde, se podía oler la brisa del Levante y del Poniente: mar, sal y humedad de librería antigua. En las noches claras de Levante veraniego si miraba al sureste podía ver los barcos cruzando el Estrecho desde puertos remotos del mundo. Cuando mi abuela se metía en la cama y me quedaba solo podía cerrar los ojos y casi viajar en uno de esos barcos. Ese verano descubrí algo muy importante para mí. Descubrí que tenía un proyecto que llevar a cabo, una nueva aventura, una curiosidad que saciar, una nueva frontera que explorar y un mundo nuevo que conocer a través de una profesión fascinante……ser marino.

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Gracias al esfuerzo de mis padres y hermanos me fui a Cádiz, una ciudad llena de historia marítima Española, historia de las exploraciones del Imperio Español, batallas navales, marinos ilustres, una ciudad en la que cada rincón esconde el recuerdo de algún acontecimiento importante de nuestra historia, desde el viaje de exploración de Alejandro Malaspina, las mediciones del arco de meridiano de Jorge Juan y Ulloa en el ecuador o la casa donde murió Gravina por las heridas de Trafalgar. Y por supuesto el Real Observatorio de Marina de San Fernando, con sus cronómetros marinos y telescopios……observar es explorar y así hicieron todos ellos. En Cádiz tuve la suerte de convivir en el colegio Mayor Beato Diego con muchos chicos y chicas de muchos otros lugares de España, personas muy diferentes a mí, con formas de pensar e ideas totalmente alejadas de lo que yo creía, con expectativas y ambiciones en la vida diferentes a las mías y descubrí, nada mejor que en Cádiz, sobre la libertad de ideas y las diferencias que nos separan y a la vez nos unen; en definitiva que no todos pensaban como yo creía que se pensaba hasta entonces, como me habían ensenado mis padres o como se pensaba en mi parroquia o en Cercedilla. A través de ellos explore y abrí una gran frontera, el pensamiento libre.

abuela y abuelo

Mi abuela Ángeles se murió en la navidad de segundo de carrera y con ella experimente el acontecer de la muerte en los ojos de mis antepasados. La llegada a la última frontera, donde el sol se pone definitivamente regando el cielo con los últimos destellos del ocaso de la vida en la tierra, aunque no de la existencia. El año siguiente al empezar el verano en Cercedilla mi abuelo César me susurro al oído algo que no conseguí entender bien mientras escribía en un papel lo que creo que fueron sus últimas palabras de cariño para tan solo un instante después cerrar los ojos para siempre dejando rodar el lápiz en el cuaderno que yo le sostenía; seguramente no tenía la certeza de saber si escribía en verde o rojo, porque no veía los colores y necesitaba que mi abuela le coloreara los dibujos de sus viajes. Poco después y por la falta de mi abuelo, mientras yo navegaba por el Mar Egeo, donde el mundo nació, se fue mi abuela Vicenta. Mucho más tiempo después, pero mucho más, el abuelo Paco; el día antes decía que no quería irse, se revolvía contra la muerte después de pasar noventa y cinco años explorando la vida. Muchas veces recuerdo que la herencia que me dejaron fueron las más bellas palabras, los mejores consejos y las mejores enseñanzas de mi vida. Bueno, además de varios pasillos con estanterías cargadas de libros apretados como sardinas en lata. Ellos ya beben de las fuentes de frescas aguas celestiales y han podido desvelar con sus ojos la curiosidad más grande que la humanidad trata de resolver desde que el ser humano tiene conciencia. La curiosidad que nos lleva a hacernos una pregunta que en realidad no tenemos prisa por conocer su respuesta, pero que tenemos que pasar la vida entera preparándonos para poder escucharla. Que somos si no tenemos Esperanza en nuestros corazones al caminar esa última frontera?

Navy picturePasado un tiempo en Cádiz, fui a Newcastle a darme otro baño de ideas diferentes a las que creía que imperaban en casa y al volver fui a la Escuela Naval Militar de Marin en Pontevedra. Navegue en la fragata Santa Maria guerreando durante la invasión de Afganistán, después me pacifique y viaje en los barcos de plátanos y tomates que navegan haciendo cabotaje entre Cádiz y Tenerife, La Palma y Gran Canaria. Unos meses después decidí capear temporales con mi abuelo Paco en Algeciras navegando en la ruta del estrecho a Ceuta. Al final todo se empezó a quedar pequeño y de nuevo las fronteras se habían estrechado un poco demasiado. Busque embarque en los petroleros que nunca se sabe dónde van a ir en el siguiente viaje por el mundo….

Un día soleado de Noviembre aterrice en Puerto La Cruz, Venezuela y subi en una lancha para embarcar en un petrolero de 110,000 tm de la Continental que estaba fondeado cargando Petrozuata Syncrude en una boya de la Bahia de Cochinos con destino a la refineria de Clifton Ridge en Lake Charles, Louissiana. Entonces cargábamos crudo de petróleo en puertos del Caribe en Venezuela, Colombia, Méjico y aparecíamos días después en puertos fluviales del Golfo Americano y la costa Atlantica de Norte América, recalabamos en Lake Charles, Houston, Baton Rouge, Port Arthur, Freeport, Paulsboro, Mobile, Corpus Christi, Delaware. Más tarde navegue en un gasero cargando metano licuado por puertos del Mediterráneo, la India, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico. Navegar es como sentarse en una máquina del tiempo. Viajas lentamente cuando el mundo corre a toda velocidad; zarpas de un puerto navegando mares y capeando temporales, los cielos son más azules en unos lugares que en otros, las nubes brillan como perlas o son negras de azul azabache, los rayos de las tormentas iluminan la cubierta y mucho más allá de lo que la vista alcanza en noches terroríficas de soledad, las estrellas te recuerdan lo ínfimo que eres en un mar infinito que a la vez es una gota minúscula de agua; el tiempo pasa lento, muy lento, la soledad es a veces eterna y tan pesada que agota, las noches largas cargadas de borrachera de pensamientos sin sentido e inoculados de aplastante clarividencia; el sol sale y acorta el paso del tiempo. Llegas a puerto y repentinamente eres consciente de que hay un mundo que existe y que se mueve sin parar mientras has recorrido un mar plateado manejando el timón de un barco alado que planea lentamente el oleaje. La vida entonces era apasionante, romántica, intensa y solitaria, desajustada de lo que el resto de la gente hacia, cargada de emociones en el mar, al aire libre y en libertad; los meses en la mar eran muy bonitos y difíciles. Era realmente fascinante pasar tanto tiempo en el mar, era una verdadera aventura con uno mismo hacia un horizonte siempre incierto y desconocido, una frontera lejana y sin final que era necesario investigar.

Pao de acucar ahead

Un tiempo después preferí no vivir más esa vida desajustada y lejana de la realidad en la que la mayoría de la gente vive y creí que sería mejor tener una vida algo más convencional como todos. Fui a trabajar a Madrid porque ya no me daba tanto miedo después de haber pasado muchas aventuras en la cubierta de un petrolero jarreado por duros temporales. Comenzar esa nueva vida en Madrid no era nada divertido comparado con lo que había hecho antes; pero en lo convencional de nuestras vidas tenemos la oportunidad de encontrar un sinfín de pasiones y emociones en cosas insignificantes, fugaces y fascinantes que pueden transformar cada día en una nueva aventura. Es verdad que las aventuras se estancaron un tiempo, estudie, trabaje muchas horas en una oficina y aprendí algunas cosas nuevas de la profesión, era un momento de más ambición quizá. No duró mucho más de tres o cuatro años, había que seguir explorando y curioseando……..Llegó Londres, la metrópoli del mundo pasado y actual. Sus lluvias, su imperio, su pestilencia callejera a salchichas, bacón y cerveza; toda su larga historia científica, militar, musical, artística, marítima y como no, romántica. Darse un beso en Tower Bridge es como largarse una andanada de chupitos con un cura – afortunadamente he podido hacer ambas. Vivir Londres nunca es suficiente, siendo una experiencia única también puede ser muy solitario. No lo planee, pero después me preguntaron de ir a Houston desde donde estoy escribiendo.…..En Texas todo es muy grande y los horizontes son más amplios porque todo es plano pero igualmente desconocido que antes…..por el momento solo hay 180 años de historia que explorar, pero y si conoces los secretos de Alvar Núñez Cabeza de Vaca (guiño un ojo), puedes estirar la historia de estos territorios inexplorados hasta 1528. Como podéis ver este “nuevo mundo” no es tan nuevo como algunos creen y su exploración es un secreto que podemos guardarnos para la próxima ocasión…….

UNDER the wide and starry sky

Dig the grave and let me lie:

Glad did I live and gladly die,

And I laid me down with a will.

This be the verse you ‘grave for me:

Here he lies where he long’d to be;

Home is the sailor, home from the sea,

And the hunter home from the hill.

R.L. Stevenson 1850-1954