Esta mañana me he despertado con una buena y esperanzadora noticia que me ha hecho pensar que al contrario de lo que muchas veces espero y pienso, el sueño americano no solo consiste en poder alcanzar la capa de la sociedad que vive en la abundancia y opulencia del éxito económico, sino que finalmente puede llegar a valorar y apreciar el trabajo de personas que hacen la aportación más importante que una sociedad que tenga la pretensión de prosperar necesita: preparación intelectual e instrucción; en resumidas cuentas educación para todos.
En esta ocasión los laureles de la Biblioteca del Congreso coronan por primera vez en la historia la poesía de un Latinoamericano, el Mejicano-Americano Juan Felipe Herrera.
Esto tiene un enorme significado porque no ya se valora su labor literaria y docente, sino que se reconoce la importancia de la cultura y la voz del numeroso pueblo inmigrante de Estados Unidos; especialmente los de habla hispana, más numerosos que otros, aunque igualmente importantes en el éxito de la nación Americana y del continente en su conjunto.
Juan Felipe Herrera nació en 1948 en Fowler, un pueblo del condado agrícola de Fresno, California. Pasó su infancia de cosecha en cosecha, de tractor en tractor, entre camionetas cargadas de melocotones y tiendas de campaña en los campos de trabajo del Valle de San Joaquín. Su madre, María de la Luz Quintana solía recitar poemas espontáneamente. Como hicieran anteriormente los Joad, viajó con la hermana y la abuela de Juan Felipe en tren a Juárez, Chihuahua y allí las tres cruzaron la frontera en El Paso, Texas trayendo esas rimas, canciones y poemas a las cosechas de los Valles de Salinas y San Joaquín donde Juan Felipe crecería mas tarde. (Si alguien tiene interés en conocer como es esa vida podéis leer los primeros apuntes de Steinbeck que inspiraron Las Uvas de la ira; “Los Vagabundos de la Cosecha” editado por Libros del Asteroide). Otro día hablaremos de este viaje a través de la frontera del Rio Grande a través del desierto que también tengo mucha curiosidad por explorar.
Sin duda su infancia rodeada de agricultores pobres emigrados desde la orilla Sur de las turbias aguas del Rio Bravo ha definido su trabajo literario y así ha dedicado 40 años de su tiempo a promover las letras y la educación en colegios, universidades, campos de trabajo, prisiones, asociaciones juveniles y oficinas de educación de inmigrantes por los valles, pueblos y rincones de California desde San Diego a Arcata.
Historias de vida como esta, no solo han inspirado las letras de Juan Felipe Herrera sino también iluminaron el talento literario de John Steinbeck, el folk de Woody Guthrie, la música de Bruce Springsteen, el activismo de César Chávez e incluso las pelis de John Ford o los dibujos animados de South Park.
Hasta Mayo de 2016, su deber como laureado de la Biblioteca del Congreso será prender la mecha del impulso poético de los americanos y promover el conocimiento y el entusiasmo por leer y escribir poesía en América…
Aquí va uno de sus poemas….
Exiles
and I heard an unending scream piercing nature.
—from the diary of Edvard Munch, 1892
At the greyhound bus stations, at airports, at silent wharfs
the bodies exit the crafts. Women, men, children; cast out
from the new paradise.
They are not there in the homeland, in Argentina, not there
in Santiago, Chile; never there in Montevideo, Uruguay,
and they are not here
in America
They are in exile: a slow scream across a yellow bridge
the jaws stretched, widening, the eyes multiplied into blood
orbits, torn, whirling, spilling between two slopes; the sea, black,
swallowing all prayers, shadeless. Only tall faceless figures
of pain flutter across the bridge. They pace in charred suits,
the hands lift, point and ache and fly at sunset as cold dark
birds. They will hover over the dead ones: a family shattered
by military, buried by hunger, asleep now with the eyes burning
echoes calling Joaquín, María, Andrea, Joaquín, Joaquín, Andrea
en exilio
From here we see them, we the ones from here, not there or across,
only here, without the bridge, without the arms as blue liquid
quenching the secret thirst of unmarked graves, without
our flesh journeying refuge or pilgrimage; not passengers
on imaginary ships sailing between reef and sky, we that die
here awake on Harrison Street, on Excelsior Avenue clutching
the tenderness of chrome radios, whispering to the saints
in supermarkets, motionless in the chasm of playgrounds,
searching at 9 a.m. from our third floor cells, bowing mute,
shoving the curtains with trembling speckled brown hands. Alone,
we look out to the wires, the summer, to the newspaper wound
in knots as matches for tenements. We that look out from
our miniature vestibules, peering out from our old clothes,
the father’s well-sewn plaid shirt pocket, an old woman’s
oversized wool sweater peering out from the makeshift kitchen.
We peer out to the streets, to the parades, we the ones from here
not there or across, from here, only here